jueves, 22 de enero de 2009

arte, lógica y espectaculos/antonio marcos

copio y pego de islakokotero

Proponemos algunas preguntas sin demasiadas respuestas ante la creciente presencia de lo espectacular en el arte contemporáneo y sus contradicciones. A la búsqueda del aura perdida.

Artículo de Antonio Marcos

¿Qué es lo que tienen en común los toboganes de Carsten Höller en la sala de turbinas de la Tate Modern, el apadrinamiento de Alaska y su troupe ochentera por parte del Musac, la exposición de Steven Klein en Explorafoto o la firma de Frank Gehry en el Guggenheim de Bilbao?
Podría decirse que un objetivo: llamar la atención. Y tras de esa atención, un deseo: provocar colas de visitantes, entrar en la agenda de los touroperadores, atraer el interés del maná del turismo cultural sobre el que cada vez está más asentada la cultura.
Se puede detectar una contradicción en esta estrategia: los nuevos centros de arte contemporáneo trabajan para atraer públicos masivos exhibiendo algo que no forma parte del imaginario masivo.
Por reciente, por convulsa, por poliforme, por indeterminada, por escasamente difundida, la producción contemporánea necesita un acompañamiento espectacular, un envoltorio, para conseguir un objetivo tan prosaico como inevitable tal y como están las cosas.
Ese celofán dota a la obra de un aura que por sí sola no tiene. La pasada semana, el escritor Julio Llamazares –en un artículo demasiado demagógico para mi gusto– se rasgaba las vestiduras por la imagen exterior que proyecta el Musac –Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León, ubicado en León–, que en su inauguración del curso programó la asistencia de Alaska y de la Terremoto de Alcorcón. ¿Iba algún medio generalista a hablar de Muntean & Rosenblum o Julie Mehretu, autores de las bien recibidas por la crítica exposiciones inauguradas? ¿Por qué en el festival Explorafoto la exposición con más repercusión ha sido la de Steven Klein con Brad Pitt y Angelina Jolie simulando una convivencia?
La Terremoto es un icono para un público con fuerte capacidad económica y marcada sensibilidad para el arte y el coleccionismo. Pitt y Jolie son iconos mundiales y una mina para la prensa más o menos rosa. El Musac estrenó una película sobre Zidane y unos meses atrás los telediarios nos bombardearon con una exposición que mostraba a Beckham durmiendo la siesta. Si no tenemos un icono sancionado por el paso del tiempo, la Historia y la exclusividad –una Gioconda o unas Meninas–, valgan los iconos de la música, el deporte o el cine. No todo el arte es así ni todos los centros trabajan con los mismos parámetros, evidentemente. Pero se detecta un ansia por alcanzar la mayor difusión: en el fondo, hay una competencia atroz entre los centros de arte que puede acabar afectando a lo que se expone e incluso a lo que se crea.
Atribuimos al arte contemporáneo el valor de ser un elemento crítico, quizá el más poderoso, de los valores que conforman la sociedad. Pero, al entrar en la dinámica del espectáculo, ¿estas obras son complacientes o pretenden cuestionar ese estatus de inmovilidad al que nos dirigen los ‘mass media’? Si nos atenemos a la repercusión, el sistema engulle esta vertiente artística con verdadero placer. Al margen de los escasos medios especializados, el arte de hoy salta a la agenda mediática por dos motivos: por un contenido reconocible o por una forma extravagante. Las caras de los presentadores parecen subrayar la pregunta que el espectador medio se hace: ¿pero esto es arte? Un arte condenado a una infancia perpetua que tendríamos que haber abandonado hace décadas.
El ejercicio se convierte en un equilibro difícil. Por un lado, el ansia de notoriedad y de presencia. Por otro, la sostenibilidad de un sistema simbólico, de representación de nosotros mismos que necesitamos para entendernos. Si la esfera política invierte en imagen y la quiere ya, los directores y comisarios buscan propuestas que provoquen una presencia mediática, ¿acabarán los artistas por plegarse a una práctica débil y complaciente con el mercado? ¿Destruirá la lógica del espectáculo el mundo artístico como ha terminado ya con deportes como el ciclismo, a fuerza de ‘obligar’ a los ciclistas a rellenar farmacológicamente la franja que separa su capacidad con lo que exige la máxima audiencia? ¿Se convertirá en una dictadura en la que lo no divertido o vendible termine por no tener sitio alguno? Demasiadas preguntas que se irán contestando con el tiempo.

~ ~ ~ "El arte contemporáneo se debate
en un complicado equilibrio entre la notoriedad pública
y el ejercicio crítico" ~ ~ ~

ANTONIO MARCOS

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